De Mario Campaña


EL AMERICANISMO EN AMÉRICA Y ECUADOR: DE BOLÍVAR A MARTÍ

1. Es sabido que Francisco de Miranda y Simón Bolívar fueron los primeros en concebir América como una sola entidad política. Antes de terminar el siglo XVIII Miranda soñó con una sola patria americana la independencia, y antes de las guerras de independencia Bolívar pensó América como un nuevo eslabón en el proceso de la civilización. Hombre del siglo XIX, Bolívar abrazó la idea de progreso; creyó que los seres de la América hispana estaban llamados a construir un mundo que sucedería a Oriente, Roma y Europa, a tomar la antorcha que le entregaría ésta y de ese modo hacer una contribución a la historia de la humanidad, sobre cuyo sentido ascendente no albergaba dudas: él también, como hombre de la Ilustración, ve las civilizaciones como eslabones anudados unos con otros, sin la incertidumbre de la discontinuidad. Lo que quiero destacar es el planteamiento de la relación de sucesión entre Europa y América, que en 1815 no era ni mucho menos evidente; Bolívar vio precozmente que el papel de Europa ya había terminado, y no concibió otra alternativa para la humanidad que no fuera la América hispana: “toda la tierra –escribió en 1815, en la Carta al editor de la Gaceta Real de Jamaica- está ya agotada por los hombres, la América, sola, apenas encentada”[1]. Bolívar, gran admirador de George Washington, al imaginar a Hispanoamérica como “un imperio poderoso”, “la más grande nación del mundo” y en relación de continuidad con Europa, predijo sin proponérselo el futuro de Estados Unidos, un país que se fundamenta enteramente en valores europeos y que en efecto tomó el lugar de Europa en el liderazgo del planeta.

En cuanto a América del Sur, todas las expectativas de aquella primera independencia quedaron frustradas. Bolívar imaginó América como una entidad política, no cultural, y en ese sentido su americanismo fue muy limitado. Hijos de españoles, los libertadores eran criollos, es decir, europeos por su conciencia; ninguno de ellos llegó a imaginar América como una civilización diferente, ninguno pudo pensar en independizarse de la cultura de sus ancestros, en un corte con el mundo del que habían aprendido las nociones que sustentaban su lucha. Bolívar se sentía europeo “por derecho”. Y lo era, en efecto. Nada más claro que el Discurso de Angostura: “Nosotros –dijo allí Bolívar- no somos Europeos, no somos indios, sino una especie media entre los Aborígenes y los Españoles. Americanos por nacimiento y Europeos por derechos”[2]. He aquí la primera formulación del mestizaje. ¿Mestizaje étnico o cultural? No está claro. En cualquiera de los casos, ¿de quien hablaba Bolívar cuando decía “nosotros”? ¿De todos los americanos? De los indígenas, no; los indígenas son sólo indígenas, y eso no deja de ser cierto porque en su vida religiosa, por ejemplo, haya una fuerte presencia del relato, la imaginería y los dogmas del catolicismo. De los negros, tampoco. Bolívar, que, repito, se sentía europeo “por derecho”, no consiguió hablar en nombre de todos los americanos, sino en el de los criollos, los descendientes de europeos nacidos en territorio americano: “Americanos por nacimiento y Europeos por derechos”.

Es cierto que algunos de los libertadores, como Francisco de Miranda, imaginaron el futuro de América mirando hacia lo originario[3] pero, como sabemos, Miranda murió en un calabozo en la provincia de Cádiz, y la suya no fue la orientación triunfante. Triunfó la línea criolla, y Bolívar terminó sintiendo que “el que sirve a una revolución ara en el mar” y que “América es ingobernable”. Pero no hay nada que reprochar en todo esto; bastante hicieron los próceres con la independencia política, que era la tarea de su época. Europa y Estados Unidos, el mundo de Occidente, aún no habían demostrado todo su poder destructivo: aún no se había llegado a fase del exterminio industrial. Hoy las cosas son distintas. La independencia intelectual es tarea de la nuestra.

2. Parece que fue Andrés Bello el primero en proclamar la necesidad de la autonomía cultural americana. En la misma época de independencia, Bello llamó a inaugurar “un tiempo positivo del mundo americano, independiente hasta en el ámbito literario”, como ha resumido Giuseppe Bellini. Su Gramática, no está de más recordarlo, está dedicada a sus ‘hermanos, los habitantes de Hispanoamérica’ (“no tengo la pretensión de escribir para los castellanos”, declaró en el Prólogo). En la ‘Segunda Silva’, llamada ‘La agricultura de la zona tórrida’, pensó en América como un mundo radicalmente nuevo, llamado a ser guía de la humanidad del futuro; los últimos versos, en los que se inclina por un género de vida distinto al industrial y comercial de Europa, lo confirman: “honrad al campo, honrad la vida simple/ del labrador, y su frugal llaneza./Así tendrán en vos perpetuamente/la libertad morada,/y freno la ambición, y la ley templo/Las gentes a la senda/de la inmortalidad, ardua y fragosa,/se animarán, citando vuestro ejemplo./Lo emulará celosa/vuestra posteridad”[4]. Así veía Bello a América: basando su historia en la vida simple, la libertad, el freno a la ambición y el imperio de la ley.

3. Después del paso tan importante dado por Bello, Martí es el pensador que más lejos ha llegado en la concepción de la independencia americana, que él alcanzó a ver también en su dimensión intelectual y cultural. En su obra, la separación respecto a Europa queda muchas veces destacada (“Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”); la ‘salvación’ no estaba en imitar lo europeo, sino en crear. “¡El vino –exclamó- de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”.

Pero hay ambigüedades importantes en Martí, quien, según sus propias palabras, tenía a “Bolívar de un brazo y Herbert Spencer del otro”. De Bolívar tomó su noción del mestizo americano: “extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora”. Según él, en tierras americanas se creó “un pueblo mestizo en la forma”, “un pueblo original y victorioso anticipado por sus héroes”, un pueblo “en esencia distinto”, formado por “una raza original fiera y artística”, un pueblo ‘precoz, generoso y firme’(5). Aparte del triunfalismo justificable en quien escribe a distancia relativamente escasa de las exitosas guerras de independencia, debe ser subrayada la fascinación por los criollos, por la ‘raza original’ capaz de vencer al colonizador. Como en Bolívar, el mestizaje en Martí tiene visos de criollismo: el criollo, que lideró la revolución independentista (“la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo”, dice del movimiento libertario), estaría también llamado a liderar la construcción de la nueva América.

Dejo de lado algunos aspectos del pensamiento de Martí que ofrece mucho margen para la discusión, como el que se refiere a los indígenas, a quienes veía ‘estancados’. La imagen del mundo y el sentido de la vida de los indígenas, ajenos a toda noción de progreso, resultaron indiferentes a Martí, que no vio allí ningún elemento valioso para la construcción de un mundo auténticamente nuevo. Ahora quisiera insistir en que Martí vio al pueblo americano como uno “original”, “en esencia distinto”, formado por “una raza original fiera y artística”. Siendo el del prócer cubano uno de los aportes mayores que ha recibido nunca la cultural hispanoamericana, su americanismo, en una interpretación superficial, resultaría problemático si alguien, partiendo de las líneas recién citadas, llegara a creer que en la América hispana ya existe ese pueblo ‘robusto’, ‘nuevo’, ‘en esencia distinto’; que esa “raza original, fiera y artística” es una realidad.

Roberto Fernández Retamar, un atento lector de Martí, refiriéndose precisamente a esa América fabulosa, destacó la diferencia entre un discurso público y otro privado en Martí[6]. Fernández Retamar observa que en una anotación hecha en Caracas en 1881, Martí escribió: “no habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica”, y que ese mismo año, en una carta dirigida a Aldrey, declaraba que iba a consagrar su vida a la “revelación, sacudimiento y fundación” de Nuestra América. Fernández subraya el último término. Sólo se puede fundar, dice, lo que no existe o no existe aún. La observación es valiosa, porque la diferencia es clave: de ella depende la envergadura de las tareas que nos impongamos. Si América ya es “al fin” “lo que se quería ser”, como proclamó Martí en 1877, entonces la tarea que tenemos por delante sería de orden político inmediato: solo necesitamos gobiernos adecuado, basados en “los factores reales del país”, acorde con sus “elementos verdaderos”, con “métodos e instituciones nacidas del país mismo”, y no en modelos “de Francia o Alemania”, como el mismo Martí recomendaba. Pero si ese continente nuevo aún no existe, si aún debe ser “fundado” como creía el Martí de 1881, entonces la tarea es mucho mayor. No es únicamente política ni exige solo un gobierno basado en la realidad local, sino algo más, algo distinto, nuevo, que debía aún ser ‘revelado’. En 1881, Martí había dejado atrás la visión romántica del hombre americano que entrevió de los años setenta del siglo XIX.

¿Existe esa América? Hoy basta con recorrer el panorama político, jurídico, económico, el cuadro de instituciones, basta con mirar hacia las calles y las casas de cualquier ciudad de Sudamérica para saber que esa América todavía no existe. Lo que vemos es informe: es, por una parte, predominante, lo originario de Europa, o lo que en gran medida es lo mismo, de Estados Unidos, en sus múltiples adaptaciones locales; es, por otra parte, en un lugar secundario, marginado, sometido en la mayoría de los casos, o a flor de piel, pero sin legitimación suficiente, los restos, las prolongaciones y adaptaciones de las culturas aborígenes americanas o africanas. Lo que vemos es una profunda vocación por la vida, pero también desprecio por la vida. Así que sería un error creer que la América nueva, diferente, está aquí y solo necesitamos verla y estudiarla; que ya tenemos una identidad y que si llegamos a conocerla, podremos salir adelante, impulsados por la fuerza de esa identidad. Creer eso sería creer que es solo ‘cuestión de tiempo’, como se dice. Pero no existen leyes de progreso en la historia y los ecuatorianos y todos los latinoamericanos podemos pasar generaciones y siglos enteros en el mismo estado en que nos encontramos ahora, o aún peor. Porque somos, al menos en las esferas dominantes, en gran medida, una entidad pre-figurada por Occidente, un proyecto que en estas tierras ha tenido resultados más conflictivos que en Europa y Estados Unidos. No de nosotros sino de Europa y de Estados Unidos han venido, en gran medida, nuestra educación regular y nuestras ambiciones, nuestros anhelos e ideales, nuestras modas, nuestras ideas y nuestras metas. No existe aún esa América, y mientras no exista, mientras no logremos su fundación, todo gobernante bien intencionado terminará repitiendo con Bolívar que ha arado en el mar, y que América es ingobernable.

1 Simón Bolívar, Escritos políticos, Editorial Orbis, Barcelona, 1985, p. 91.

2 Obra citada, p. 99.

3 Entre los próceres y precursores de la independencia, sin duda Francisco de Miranda es quien más severamente enjuició a la corona española por su papel en el Nuevo Mundo, y más claros reconocimientos hizo de las antiguas civilizaciones americanas, en primer lugar reconociéndolas como tales civilizaciones, y como verdaderas naciones a los pueblos de Perú, Chile, México y Bogotá. Le parecían ejemplares la dignidad y el valor de los indígenas, “atrincherados en sus desfiladeros y selvas” para no someterse a “los verdugos de sus familias”. En la ‘Proclamación a los pueblos del continente colombiano. Alias Hispanoamérica’, dejó dicho: “Es preciso que los verdaderos acreedores entren en sus derechos usurpados: es preciso que las riendas de la autoridad pública vuelvan a las manos de los habitantes y nativos del país, a quienes una fuerza extranjera se las ha arrebatado” (en Diarios de Viaje y Escritos Políticos, Ed. Nacional, Madrid, 1977, p. 364 y 369.

4 Citado desde Antología, edición de Giuseppe Bellini, Castalia, Madrid, 2009, p. 117.

5 Martí, José, Nuestra América, Biblioteca Ayacucho, Caracas, p. 8, 12, 13 y 24.

6 Fernández Retamar, Roberto, Para el perfil definitivo del hombre, editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 295-296


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