LOS ACUERDOS
Aunque Marlene Aguirre afirme que entre las posiciones de Iván Carvajal y las mías hay un punto en común, y este sería el reconocimiento de que una transformación cultural excede el ámbito y las capacidades de un ministerio, los acuerdos que se columbran entre los participantes en estos debates son sin duda mayores. Se ha producido, por la fuerza de la argumentación, una “ampliación del campo de batalla”. Se puede decir, en efecto, que hasta ahora los debatientes estamos de acuerdo en:
En la mayoría de las críticas se atribuye a la Carta al presidente, y a quienes hemos explicado su alcance, una actitud “antioccidental”, basada en un ‘pensamiento binario’, “capaz únicamente de reconocer cierto enemigo en un supuesto afuera” (David Barreto), y de pensar en términos de “bandos de ganadores y perdedores”, o de pretender “eliminar vestigios occidentales o ancestrales” (David Barreto). Incluso Marlene Aguirre interpreta la carta como inspirada en “afanes de reivindicación”, y ve “la reivindicación como objetivo”, por lo que se siente inclinada a proponer “cerrar la herida”. Carvajal, filósofo, nos atribuye una creencia en “una substancia subyacente en “nuestro” ser que habría sido “envenenada” por occidente”.
Lo cierto, sin embargo, es que ni en las conversaciones mantenidas antes de la Carta al presidente, ni en la Carta misma, ni en ninguna de las intervenciones que los firmantes hemos hecho acerca de la cultura en Ecuador, ha existido referencia alguna a una supuesta identidad nacional, a la nación o a una sustancia antecedente. Nuestras discusiones partieron, desde luego, de la realidad social ecuatoriana, una realidad en que la composición étnica tiene un lugar, como no puede ser de otro modo, y la población indígena de la costa, la sierra y el oriente, una presencia importante, pero nuestras propuestas no pretender defender o custodiar o fundamentar nada en relación con los valores que sustentan sus vidas. Nuestro planteamiento, al contrario, es no dar nada por sagrado ni por consagrado. Creo que, a causa de conocidas razones históricas, no se pueda hablar, en rigor, de identidad ecuatoriana o cultura ecuatoriana, ni de identidad latinoamericana o cultura latinoamericana, y nada ganamos intentando lo contrario. Ni Ecuador ni Latinoamérica tienen una identidad o una cultura propias, como quizá la tengan Europa o China, por ejemplo, y no tienen por qué buscarla. Lamento la persistencia del paradigma de lo nacional y de la identidad (conceptos que solo pueden producir separación, marginación y exclusión entre las personas), del mestizaje, las reapropiaciones y transculturaciones y toda esa familia conceptual que parece creer, por un lado, en entidades culturales cabalmente diferenciadas y valoradas, por su mera diferencia, como tesoros culturales que deben ser preservados; y por otro, en un falso ‘mestizaje’, inverosímilmente democrático y nulamente respetuoso de las singularidades de los individuos y los grupos, una máscara más, en suma, de la dominación.
Desde luego, sea negro, blanco, indígena costeño, andino u oriental, he de conocer a mi próximo y su historia, y he de procurar que tengan un sitio digno en el mundo del que los dos formamos parte, pero ¿por qué he de concederle privilegios? En el caso de los indígenas de la costa, la sierra y la amazonía, ¿por razones meramente cronológicas, es decir, porque ya estaban aquí antes de la invasión española? ¿Por la riqueza de su mundo de vida, generalmente alejado de los ominosos valores del capitalismo? ¿Hemos de privilegiar lo que algunas personas llaman ‘lo nuestro’ simplemente porque es ‘lo nuestro’, aunque se estén refiriendo sólo a una parte de la población, y no a toda? ¿’Lo nuestro’ es mejor? ¿Qué nos lo garantiza? ¿Tiene acaso ‘lo nuestro’ una naturaleza humana distinta? Me viene ahora a la mente un ejemplo que Platón utiliza, creo que en ‘La República’: un hombre que ha perdido sus cabales exige que se le devuelva un cuchillo, de su propiedad, con el que piensa quitarse la vida. ¿Se le debe devolver el cuchillo sólo porque es “su” cuchillo? Desde luego que no. Todo tiene que ser discutido y puesto a prueba, para determinar cómo y cuánto puede aún contribuir a nuestro vivir, al bienestar de todos y de cada uno. Lo dicho no implica, de ningún modo, que abogue yo por pasar por alto una consideración básica, que se refiere a la deuda que posiblemente el país entero tiene con ellos, dado el despojo de sus bienes de que fueron víctimas, por parte de la rapacería europea, y de lo cual algún día deberían ser indemnizados.
EL MINISTERIO, LA CARTA DEL MINISTRO: UN PARÉNTESIS
En su carta de 12 de agosto, el ministro de cultura Ramiro Noriega asegura haber establecido “una arquitectura de políticas para el sector cultura (…) con el afán de cumplir el mandato constitucional: la satisfacción de los derechos culturales de las personas”. Después asegura que “esas políticas superan la visión de la “cultura” como sinónimo de las expresiones artísticas, o de cualquier manifestación “elitista””. ¿Aporta el ministro algo que nos permita alentar la esperanza en una intervención profunda en la cultura del país, que apunte a “una transformación estructural”? Lamentablemente, no. Se limita a declaraciones retóricas (“las expresiones artísticas son pilares fundamentales de la vida social”; “Pensamos que el arte, en cuanto conjunto de expresiones, constituye uno de los pilares de la memoria”) y hasta incurre en aseveraciones inverosímiles que casi rozan la impostura; dice: “no creemos en la cultura de lo dominante ni en ningún tipo de hegemonía que afecte la libre, igualitaria y democrática manifestación de las personas, las colectividades, los pueblos y naciones”; y añade: “Creemos que el arte no es sinónimo de “alta” ni de “baja” cultura, porque no creemos que hay culturas más valiosas que otras”. Suena inverosímil, en efecto: en el mismo género de impostación incurriría un ministro de bienestar social que dijera: “No creemos en la pobreza ni en ningún tipo de dominación, porque no creemos que existan personas que merezcan vivir mejor que otras”. Hablo de impostación porque el ministro Noriega seguramente sabe que en orden ontológico, en el de la verdad, la mera creencia no tiene valor ni relevancia: así como la pobreza existe con independencia de lo que crea un ministro de bienestar social, así mismo existe la cultura dominante, lo crea o no lo crea el ministro, y esa cultura es ‘alta’, prestigiosa, elitista y excluyente, y ese es el rango que la literatura y las artes tuvieron en el mundo de ayer y tienen en el de hoy: esa es la ‘verdadera cultura’, por perverso que ello sea. Esa es la realidad, y es sobre la realidad y no sobre las creencias que debe actuar la política.
Como el ministro “no cree” en la existencia de la cultura dominante, no tiene interés en averiguar cómo está constituida, y menos aún en cuestionarla. Por eso en su carta hay menciones a “un plan de capacitación para gestores culturales”, una “Escuela itinerante de cultura” (encargada de “tejer vínculos apropiados con los gestores culturales en el territorio nacional, y no solo con los “artistas”), a “un sistema de festivales, de impacto nacional, regional y local” e incluso a un “programa de investigación cultural en las provincias amazónicas” y a una “Cartografía Cultural”, pero nada que nos haga pensar en una puesta en cuestión del sistema de valores predominante en Ecuador, nada que tienda a atacar la execrable cultura del machismo, la violencia, las jerarquías, los privilegios, la dominación, el sometimiento, la competencia (es indignante ver, por ejemplo, cómo se estimula la competencia entre “genios” desde la edad escolar), la exclusión, la marginación, la superioridad racial, social, económica; nada que contribuya por tanto más directamente a lo que él llama “el bien común, el “sumak kawsay”..Por eso en las convocatorias a los famosos ‘fondos concursables’, o hay ninguna que apunte a apoyar proyectos, políticas o programas que cuestionen la barbarie representada por los valores de la cultura dominante y fomenten principios civilizatorios. ¿Ha pensado el ministro en todo esto? ¿La composición del sistema de valores culturales dominantes en Ecuador es ya, tal vez, materia de estudio y reflexión de parte del ministerio, y se alienta el trabajo de antropólogos, sociólogos, psicólogos, filósofos en esta dirección? ¿Entiende él que lo que pedimos no es mayor eficiencia en ‘lo mismo’ sino un cambio radical en la orientación del ministerio, para ayudar en los intentos de la sociedad de hacer de la cultura un importante factor civilizatorio en este país? Puedo imaginar que el ministerio de bienestar social sí lo hace, y sé que el de educación ha puesto en marcha talleres de preparación docente para difundir métodos de inclusión en las escuelas. Pero, ¿no debería ése ser el norte de la actuación inmediata de todo el gobierno en el ámbito de lo intangible, y no debería el ministerio de cultura liderar ese movimiento? ¿No será que no lo hace porque su concepción de la cultura es, al fin y al cabo y pese a todas sus retóricas declaraciones, elitista, no en el sentido fácil de creer que cultura es solo pintura o música clásica sino en el de creer que es sólo aquello que tiene que ver con las más elevadas producciones de los pueblos, sean urbanos o rurales? ¿Será esa la razón por la que aplica en todos los ámbitos en que se desempeña el modelo de la cultura de élite, pretendiendo poner “guirnaldas de flores en las cadenas de hierro”, como creía Rousseau que hacían las artes sobre los hombres, sobre todos los hombres, sean de donde fueren, que “así aprender a amar su esclavitud”?
Es cierto que al final de su carta el ministro lanza un mensaje misterioso, utilizando para ello la referencia al Centro Intercultural Comunitario en La Chimba. “Este centro –dice- que es centro de Resistencia Indígena, probablemente ilustrará con mayor precisión lo que he querido apuntar aquí”. Si alguna vez el ministro quiere llevar a cabo su prometida participación en el debate que mantenemos en este foro, debería explicarnos en qué consiste ese Centro y cómo están allí cifradas “con mayor precisión” las líneas maestras de su política.
Aunque a algunas personas les cueste creerlo, no pocas de la aberraciones culturales que nos afectan son fomentadas desde las artes, desde la música que antes se llamaba ‘culta’, desde el teatro, el libro, los audiovisuales como la televisión, el cine y la radio. Si alguien teme que ahora haga yo un llamado, o dé mi apoyo, a la censura, la represión, el terror o el autoritarismo, se equivoca. Creo, simplemente, que necesitamos re-conocer la naturaleza y composición de nuestra realidad cultural, que esa “cartografía” a que se refiere el ministro debe hacerse también sobre los componentes intangibles de nuestra cultura, que la ya propuesta revisión crítica de las bases de las culturas que nos constituyen, de la occidental y las ancestrales, va a permitirnos concebir y ejecutar la reforma intelectual y moral radical que necesitamos.
Actuar “en grupos de trabajo y talleres”, como sugiere Marlene Aguirre, o a través de “un movimiento creativo de renovación de las formas de convivencia”, “en las calles, en las aulas, en las bibliotecas, en todos los lugares, en los periódicos, en los canales de televisión”, donde debería haber “individuos libres, debatiendo, discutiendo, creando nuevas formas de civilidad, de ciudadanía”, en la hermosa figura imaginada por Iván Carvajal, o hacer la revisión crítica de las culturas que nos constituyen, como pedimos los firmantes de la Carta al presidente, es una tarea que está al alcance del país, hoy por hoy. En algunos casos el objetivo puede ser relativamente fácil de reconocer: el machismo, la violencia, las desigualdades entre hombres y mujeres, las otras formas de discriminación y dominación culturales son blancos bien visibles para cualquiera que quiera ver y oír. En otras ocasiones la tarea será acaso más sutil pero no menos determinante, y requerirá de un importante trabajo previo. Esa dificultad no tardará en manifestarse, como tempranamente se ha manifestado ya en este foro, donde se han hecho menciones discrepantes entre sí a la cultura griega antigua. En el documento “La resignación frente a lo real…” invité a los debatientes a pensar en los casos –postulados sólo como ejemplos; del mismo modo pude haber postulado otros- de Aquiles, Ulises y Medea, la protagonista de la obra maestra de Eurípides. Al referirse a esos ejemplos, Iván Carvajal reconocía, en un mensaje privado: “está bien leer La Ilíada atendiendo a las características de los personajes (el inglés lo dice en una palabra), pero sin beatería ni gazmoñería. Sí, un buen profesor de literatura debe explicar qué representa Homero, en la complejidad de los contextos histórico-culturales: literatura de aristócratas, de conquistadores”; pero después dice: “Medea. La heroína que mata a sus hijos y se suicida en respuesta a la infidelidad del esposo. ¿Qué es la fidelidad, qué es la infidelidad? ¿Cómo se cruzan, en las formas de convivencia social, el patriarcado y la infidelidad? ¿Por qué matar a los hijos, por qué el suicidio? ¿Qué es el dolor? María Callas en el filme de Passolini”. Pregunto: ¿Por qué debe el profesor de literatura que estudie Medea con sus alumnos “poner a debate” la fidelidad y la infidelidad, y no la oposición que plantea Eurípides en esa obra, es decir, por un lado Medea, la extranjera y bárbara [léase ‘no griega’, ‘no europea’], que por ser tal está dominada por lo irracional y puede llegar a cometer crímenes tan atroces como los que Eurípides le imputa, el de sus propios hijos; y por otro, una griega [léase una europea], que sería incapaz de semejantes hechos, porque cuenta con la razón y lo racional para su control, dominio y mesura. He dicho “como los [crímenes] que Eurípides le imputa” porque la tradición anterior al último de los grandes trágicos griegos contaba la historia de Jasón y Medea de modos distintos al de Eurípides, y en esas versiones Medea no mata a sus hijos sino que lo hacen los corintios, quienes después habrían pagado 15 taleros de plata a Eurípides para que les ayudara a quitarse de encima el estigma que recaía sobre ellos, el estigma de un pueblo capaz de apedrear a unos niños, hijos de una extrajera.
Mi intención al mencionar todo esto es destacar las dificultades con que se encontrará cualquier revisión crítica de la tradición, y cómo sin esa revisión es posible que terminemos, con las mejores intenciones, desarrollando argumentos contradictorios e incluso opuestos a aquel que nos proponemos defender. Ocurre a menudo en los casos en que se renuncia a la crítica, en que la construcción no está precedida de la destrucción, y así lo nuevo, que pretende sustituir a lo viejo, termina incorporándolo.
Alguien dirá que la cultura griega está muy lejos, y que hemos de buscar nuestros males más cerca. Y es cierto ; hemos de buscar nuestros males más cerca : de Grecia hemos de seguir la pista hacia España, y desde allí hacia la asimilación que en su momento hizo la élite criolla de ese legado.
Se nos ha cuestionado que ‘el destinatario’ de la Carta sobre la cultura en Ecuador sea el presidente, y que interpelemos al ministerio de cultura para que emprenda las tareas que la época exige. En cierto sentido, es ésta una crítica justa. “La lucha por otros valores –me decía Iván Carvajal-, que es diaria, que se libra en todas partes - en la cocina, en la alcoba, en las aulas, en las calles, en los mercados, en los libros, en los teatros y salas de cine, en los parques - no puede pensarse que tenga su lugar central o de conducción en un ministerio”. Tiene razón. Nosotros advertimos que “una transformación cultural excede el ámbito y las capacidades de un Ministerio” y que “tal vez sólo pueda ser afrontada por un gran Frente Educativo-Cultural”, pero no pusimos énfasis, como hacía falta, en que el estado y sus instituciones no pueden ser sede de algo que por principio no admite sede, por su carácter procesal, cosa mencionada también en la carta de Ramiro Noriega[1]. A pesar de lo dicho, todavía creo que tiene sentido dirigirse al presidente y al ministerio de cultura, y tal vez también al de educación, si bien he dejado de pensar en un “frente”. ¿Por qué podemos y tal vez debemos dirigirnos al presidente y al ministro? Porque, como dice el ensayista catalán Joseph Maria Montaner, “hay una escala de actuación que sólo es posible desde la acción política pública”, un género de intervenciones para las cuales la acción individual no es suficiente; porque, sin dejar de reconocer el valor y la función de la contingencia en la vida de las personas y las sociedades, se puede afirmar que la historia humana no transcurre ni acontece de manera espontánea ni irracional; es verdad que no obedece a leyes ni tiene un camino marcado ni por el espíritu ni por las clases, pero su sendero se deja iluminar por un proyecto. Y de eso se trata. De llegar a concebir y poner en marcha un proyecto, “un proyecto capaz de alcanzar los resortes, los nexos complejos del mundo de la vida, de la cultura” (Carvajal), capaz de actuar en un sentido emancipador. No es esta una mera ocurrencia; no es difícil identificar proyectos que han conducido la historia cultural y política de países o continentes. El socialismo marxista fue uno, aunque no cultural; la ilustración francesa también lo fue, y llegó a extenderse a la literatura, las artes, la política, la historia y todo el saber de la época, y junto con el positivismo de su (en cierto modo) antecesor, Francis Bacon, dieron a luz una doctrina que sistematizó los principios del mundo nuevo, el de la burguesía. El otro gran proyecto europeo triunfante fue el de la Patrística, muchos siglos antes que la Ilustración. La lucha llevada a cabo por los apologistas cristianos contra el mito, por ejemplo, jugó un papel preponderante en la cohesión del mundo medieval. Justino, tenido hoy como fundador de la Patrística, en el siglo II demostraba que la operación contra el mito se había llevado a cabo con toda conciencia: “la totalidad de aquello que es racional -dice en la ‘Apologética’- se ha incorporado en el Cristo”. Esa alianza del cristianismo con el logos griego, particularmente con el pensamiento socrático y el estoico, fue fundamental, repito, en el afianzamiento de todo el Occidente. Y fue concebido y realizado conscientemente, como una tarea doctrinaria salvadora, como un proyecto.
Una penúltima anotación, por ahora: para el proyecto de transformación de la cultura ecuatoriana, para la reforma moral e intelectual que planteamos, necesitaremos del concurso de pedagogos, antropólogos, filólogos, historiadores, filósofos, lingüistas, en suma, de todos los especialistas de lo que antes se llamaban ‘ciencias del espíritu’, y de las universidades, las casas de la cultura, los centros culturales privados, las asociaciones, los maestros, los investigadores, los artistas, los escritores: la necesidad es llegar a visualizar nuevas formas de vida, de pensamiento, de relaciones, algo que puede llevar a inaugurar la historia nuestra. Ahora mismo tengo en mente la creación de un instituto de investigaciones para la descolonización cultural ecuatoriana, sobre el que habrá que pensar con detenimiento.
Quedan muchos puntos por resolver. Uno de los principales se refiere al inventario, frente al cual Iván Carvajal y David Barreto postularon el modelo antropofágico, acuñado en Brasil por Oswald de Andrade. Pero he aquí un principio inesperado de acuerdo; encuentro esta nota en el último mensaje privado de Carvajal: “Frente al inventario, el legado y mejor aún la actitud devoradora y metabolizadora. Frente al legado, la in-versión. Y rumiar y rumiar. Y en esos procesos desde luego que están en juego los valores. Valores contra valores. Egoísmos, altruísmos. Quede claro, entonces, que me parece poca cosa eso del "beneficio de inventario". Pero tal vez estemos de acuerdo en lo esencial del asunto”.
Es posible, en efecto, que en lo esencial estemos de acuerdo. Hemos de seguirlo discutiendo. “Hay que ponerse en la línea de lo posible –dice sabiamente Marlene Aguirre-, y del tejido fructífero que se puede hacer con las diferencias”.
Marco Alvarado, Identidad Nacional (1985)

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"Y de eso se trata. De llegar a concebir y poner en marcha un proyecto (...) capaz de actuar en un sentido emancipador (...) una tarea doctrinaria salvadora, como un proyecto.
ResponderSuprimir(...) tengo en mente la creación de un instituto de investigaciones para la descolonización cultural ecuatoriana, sobre el que habrá que pensar con detenimiento."
Si estas son las intenciones que se reflejan entre líneas, toda la argumentación es un rodeo retórico, documentado e informado, sí, pero esencialmente falso; la manifestación de un protagonismo que no puede dejar de disimularse. Habría que leer con atención estas líneas, donde se habla, aunque sea de manera alusiva (pero que se toma como referencia), de "tarea doctrina salvadora", "descolonización cultura ecuatoriana" (?) Por favor!!! Con todo esto se disimula la gravedad del abusivo control político de Alianza País en todo el espectro cultural del Ecuador.
Respuesta a Anónimo
ResponderSuprimirLamentablemente no soy profesor; reconozco que nada sé de didáctica. Trato de expresarme con claridad, pero soy consciente de que la comunicación humana es difícil. Precisamente por eso hemos abierto este foro, para tratar de entendernos, y poco a poco podemos acercarnos a una cierta comprensión de lo que dice cada uno.
Los valores más básicos de la cultura de la sociedad ecuatoriana, los que rigen nuestra conducta, no han nacido ni con usted ni conmigo; estaban antes que nosotros; son nuestra tradición, la herencia que hemos recibido. Esa herencia es rica; no es ni toda negativa ni toda positiva. Pero lamentablemente las negativas son muy graves, y actúan cotidianamente, de modo directo; lastran nuestra vida como personas y como país. En Ecuador, actualmente, la cultura es también un factor de pobreza, de malvivir, de atraso, de desunión, de sufrimiento, de confusión, de violencia, de desigualdades, de resentimientos. No hace falta, creo, abundar en esto; desgraciadamente las pruebas son demasiado evidentes. De todos modos, le pongo ejemplos que usted y todos conocemos bien, de execrables valores que no sólo están vigentes sino que se siguen alimentando a diario, en las familias, las escuelas, los colegios, los medios de comunicación. Prácticamente en todas partes. Son valores con los que crecimos nosotros y con los que estamos educando a nuestros hijos.
Lo que yo digo es que tenemos –la sociedad entera- que revisar a fondo esa cultura, esos valores, y escoger qué queremos de esa masa hereditaria, y qué no queremos, y actuar en consecuencia. A esa llamo yo revisión crítica de las bases de las culturas que nos constituyen, la occidental y las ancestrales. No será tarea fácil. Hay problemas fáciles de identificar, pero otros parecen más bien soluciones! Le pongo un ejemplo: ¿qué opina usted de la cultura de la competencia, qué opina de los concursos de ‘genios’ que se fomentan incluso por la prensa? Me gustaría saber qué opinan los psicólogos infantiles y los pedagogos…
Esa no es, por supuesto, la única tarea que tenemos ahora como país, pero, a mi juicio, es la central, la más urgente. Tenemos también que hacer una revisión y reescritura de las diferentes historias. La de las mujeres, la de la literatura, la de los pueblos ancestrales, la de las migraciones.
Muchas otras tareas.
Para esas tareas creo que nos pueden ayudar las investigaciones del instituto que yo propongo.
Hay que seguir pensando.
Mario Campaña*
*Le invito a pensar en las siguientes formas de segregacionismo que se practican en Ecuador:
Étnico: el desprecio a negros, indígenas, los cholos, amazónicos, etc.
Físico: menosprecio a quienes padecen malformaciones físicas (cojos, mancos, vizcos, tartamudos, patuchos, muy altos, gordos, flacos, calvos, etc.).
Educativo: el bajo aprecio que prodigamos a personas de educación no escolar, a analfabetos, montuvios, a estudianes de colegios fiscales no prestigiosos, y, en cambio, la sobreestimación dedicada a estudiantes de colegios de pago, a los muy caros para el presupuesto de la mayoría de las familias.
Nacional: nuestra incalificable malquerencia hacia los peruanos, y, en cambio, la injustificada sobrestimación hacia los nacionales de Estados Unidos y los países europeos.
Sanitario: nuestra actitud hacia personas que padecen enfermedades como el sida o diferentes formas de psicopatías. sexuales: nuestra pavorosa homofobia. todos estas formas de segregacionismo tienen, creo, diferentes y múltiples raíces, pero son también culturales. Creo que así como al ministerio de educación le toca actuar a la vez en niveles muy básicos como el de la infraestructura física de las escuelas y colegios y el de los programas de estudio, así mismo al de cultura le corresponde actuar tanto sobre los contenidos básicos para la convivencia, como los que acabo de señalar -¡y tantos otros!- y sobre asuntos más sofisticados"