Por Mario Campaña
Creo que una lectura serena tendría serias dificultades para concluir que la finalidad de nuestro Pronunciamiento de 5 de agosto era ‘saludar’ alguno de los aspectos del gobierno que preside Rafael Correa, o restarle responsabilidades a través de ‘circunloquios’ o cualquier otro medio. Si evitamos el tono atrabiliario y no hablamos de “el desastre que vive el Ecuador en este momento”, de “la destrucción actual por obra de Correa y sus secuaces”, de “un régimen de irrespeto total a las normas”; ni, sobre todo, de “corrupción grave de la población (votos a cambio de bonos…)”, no fue solo por falta de interés en señalar responsabilidades más allá de las obvias que se refieren a los grupos que han dominado este país, usufructuando criminalmente de él, sino también porque si hubiéramos querido comparar, como hace Iván Carvajal implícitamente, el presente ecuatoriano con su pasado mediato e inmediato, habríamos ido a parar a un cúmulo de afirmaciones indemostrables.
Hablar, como hace Carvajal, del desastre ecuatoriano de “este momento”, de la destrucción “actual” de “la poca institucionalidad que quedaba en el país”, es sugerir que antes de “este momento”, antes de la “actual” destrucción, el país vivía días mejores; que el desastre era menos grave y había institucionalidad en el país. Eso, estoy seguro, pocos ecuatorianos lo suscribirían serenamente y de buena fe. Porque no deliramos quienes aún tenemos en mente los tanques de guerra cerrando el paso al Congreso, los opositores políticos cazados a tiros en las calles de las ciudades, al entonces gobernador del Guayas y actual alcalde de Guayaquil arengando a los ciudadanos a participar en las batidas nocturnas de ‘violadores’ (¿se acuerdan de la cuña radial que repetía “Basta de bestias”?). No deliramos quienes aún tenemos en mente que dos o tres millones de ecuatorianos tuvieron que exiliarse… Insisto: si hubiéramos hecho una comparación en los mismos términos en que lo hace nuestro amigo Carvajal, tendríamos que decir –como parece decir él- que aquel tiempo miserable fue mejor que “el desastre de este momento”, que el vergonzoso pasado fue mejor que “la actual destrucción del país”. (Si acaso lo fuera, tendríamos que preguntarnos para quiénes. ¿Para los pobres? No. ¿Para los maestros públicos, que han visto considerablemente incrementado su sueldo? No. Para las empleadas domésticas, que hasta hace poco vivían en régimen de semi-esclavitud? No. Para algunos artistas, como los cineastas? No. ¿Para quiénes? Tal vez para algunos investigadores. Iván Carvajal seguramente nos lo va a decir…
“Clientelismo” llama Iván a la política que ofrece cierta protección de urgencia a la población que más gravemente padece la miseria heredada. La derecha europea, los votantes de Sarkozy y Aznar, por ejemplo, llaman de modo semejante a esa política. Lo mismo hacen los republicanos, especialmente los radicales del Tea Party, en Estados Unidos. Y he oído a la derecha cavernícola ecuatoriana hablar de “demagogia” para referirse a los subsidios a los pobres (no he oído quejas de los subsidios a los ricos, a las empresas). Sin embargo, los subsidios estatales a gran escala fueron instituidos por primera vez en Europa después de la Segunda Guerra Mundial: a la Socialdemocracia y la Democracia Cristiana que los establecieron no les pareció que hacerlo fuera “corromper” a la población. Era, simplemente, la aceptación de unos deberes y derechos asistenciales básicos. Desde luego que eso formaba parte de importantes políticas públicas, como en Ecuador algunos de esos subsidios forman parte de planes mayores, como en el caso de los discapacitados, mencionado por Carvajal en un Poscriptum: la inclusión ya es una ley, y se desarrollan programas de capacitación a maestros y currículum especiales en el ministerio de Educación, como lo recuerda la pedagoga Gina Portaluppi, una de las firmantes del Pronunciamiento. ¿Por qué negarlo?
Pero la finalidad de nuestro Pronunciamiento, repito, no era saludar ninguna política impulsada por Rafael Correa y su grupo, sino invitar a los ecuatorianos a “discutir sobre la verdadera naturaleza del gobierno actual”. Descartamos que este gobierno sea revolucionario; eso ya es obvio: seguir hablando de “revolución” era y es una irritante impostura. Este gobierno rechaza de manera resuelta todo discurso, toda acción, toda esperanza acerca de cambios profundos en la sociedad ecuatoriana. Ejemplo de ello es la carta enviada por el presidente a Fernando Balseca.
Discutir sobre la verdadera naturaleza del gobierno de Rafael Correa y su grupo no es ocioso, sino, al contrario, la primera necesidad de hoy. Una prueba es el mismo comentario a nuestro Pronunciamiento de Iván Carvajal, un curtido hombre de izquierda, que hace una lectura en extremos tradicional, típica de los años ochenta, de la coyuntura ecuatoriana. Nos equivocamos si consideramos a Rafael Correa como un ‘caudillo’ más, como insinúa el profesor Roberto Marras, desde Italia, en otro de los comentarios recibidos. Erramos el tiro absolutamente si creemos que ‘la pretendida lucha contra la partidocracia’ es “una consigna disparatada”. Al contrario: tenemos que tomarla literalmente y muy en serio.
¿Por qué? Lo diré sin ‘circunloquios’: creo que Rafael Correa es el nuevo líder del capitalismo ecuatoriano, y lo es precisamente por seguir a pie juntillas los principios del capital internacional más exitoso, es decir, por su firme convicción de que el desarrollo del capitalismo requiere rebasar con firmeza las fronteras ideológicas y las luchas llevadas a cabo supuestamente en su nombre por los partidos. Asimilando y subordinándose al marco general de la globalización, del pensamiento posmoderno, il pensiero debole, la Tercera Ola y la llamada Tercera Vía, Rafael Correa se adhiere a la esencia del actual liberalismo conservador internacional. Luchar contra la ‘partidocracia’ es para Rafael Correa liberarse de las ‘ataduras’ de las doctrinas, las ideologías, los principios, y atenerse a los resultados del crecimiento del capital. Es asegurar que la finalidad de que el capitalismo funcione debe estar situada más allá de toda discusión, y que para alcanzar esa finalidad el país tiene que adaptarse a las circunstancia sobrevinientes, más allá de las ideologías y los principios de cualquier partido. Todos los principios valen o ninguno vale, según convengan o no al desarrollo del capital: se trata de eso y nada más que de eso. Por eso Correa ha llegado incluso a amenazar con privatizar Petroecuador. Hacer crecer el capitalismo ecuatoriano, cree Correa, significará “transformar” el país. Situado por encima de las ideologías y los partidos, Rafael Correa actúa así a lo Gulliver, pasando por alto todo que se oponga a sus intenciones, si vienen del país de los enanos que le ha tocado gobernar.
De manera coherente con su visión burguesa, economicista y posmoderna del cambio, Correa rechaza la presencia de cualquier pensamiento crítico, incluso cualquier posibilidad de que el pensamiento independiente emerja: ¿Para qué la filosofía y las ciencias sociales? ¿Para qué el pensamiento, que lo único que ha hecho hasta ahora ha sido entorpecer el desarrollo económico con ideas infantiles y caducas? Por eso impulsa una educación positivista, científico-técnica, donde las humanidades ya no tienen lugar. Es una tendencia bastante extendida en Europa y Estados Unidos. A estas alturas de su desarrollo, el capitalismo ya no necesita el pensamiento. Hace bien en denunciarlo Iván Carvajal en el caso ecuatoriano. La revolución, señores, según las estrategias bonapartistas de Rafael Correa, no exige ni necesita de ninguna hermenéutica. Basta con el ‘Buen Vivir’, todo un misterio hasta ahora, aunque parece tener, dicho sea de paso, un importante contenido religioso.
La prevalencia en el país de la razón instrumental, la dominación social, el conservadurismo social, todas las lacras del mundo del pasado, que hoy subsisten intactas, todo eso es secundario. Si la economía mejora, si el nuevo Código de la Producción funciona, si los pobres se convierten por fin en consumidores, entonces el país va bien. El nuevo líder del capitalismo ecuatoriano tiene muchos aliados ocultos, que poco a poco irán descubriéndose. Las estadísticas son suficientes para sumar a ‘la revolución ciudadana’ a los capitalistas. Si en el primer trimestre de 2011 el PIB de Venezuela creció el 4,5%, el PIB no petrolero ecuatoriano subió en el mismo período el 8,2%, y el crecimiento general de la economía del país se dice que ha sido del 8,6%.
Por ahí empieza a verse la famosa “Transformación Productiva” del gobierno de Rafael Correa. Como aseguró el Ministro Coordinador de la Producción el 10 de agosto en la sesión de Informe a la Nación, el crecimiento económico es “un ejemplo de revolución”.
¿Es eso lo que queremos los ecuatorianos? No lo creo. Tampoco creo que los ecuatorianos echen mucho de menos los modales aristocráticos y la verbosidad insoportablemente vacua de Rodrigo Borja, ni la elegante indiferencia de Sixto Durán Ballén, ni la hipócrita y beata chabacanería de Gustavo Noboa, ni el estilo matonil de otros presidentes… Ninguno de ellos podría exhibir datos que hablen acerca de una verdadera sensibilidad por el sufrimiento de las personas. Más allá de buenos o malos modales, de poca o mucha ‘civilidad’, de cualquier cifra macroeconómica, los ecuatorianos queremos apuntar a otro mundo y que desde el gobierno se honre el concepto de revolución y se den pasos hacia un país enteramente distinto.